Cayó en la cuenta. Se bajó del guindo. Y miró a su alrededor. El suelo estaba repleto de frutas putrefactas que antes habían sido hermosas y que, de no haberse caído, habrían servido para dar color, sabor y olor. Pero las dejaron morir. Y ahora yacen en el suelo. Olvidadas. Y muertas.
Vio la realidad. Y se vino abajo. Y se dio cuenta que estaba solo. Ya no sabía qué estaba bien. O qué estaba mal. Qué era lo mejor. O lo peor. Sólo sabía que, después del tiempo, no veía una botella medio llena. Ni medio vacía. Sólo era capaz de ver un ramplón envase de cristal.

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