Se peleaban celosas por aparecer primero. Por salir a la luz. Por abandonar su guarida desde la que veían una plaza de toros repleta.

Ya esperaban antes de que todo comenzara. Seguras de que ese día, aquella tarde, en aquel lugar, iban por fin a nacer. A abandonar el vientre ocular que las cobijaba. Y no se equivocaron.

Brotaron. Y empaparon un rostro emocionado. Sabedoras de ser el producto de la emoción. Del sentimiento. Del arte. Del silencio. De la ovación. Y del orgullo. Del privilegio de estar allí.

Porque aquella tarde respirar el ambiente ya era un privilegio. Aunque la expectativa se truncara. Aunque el triunfo se quedara cojo. Y aunque la esperanza supiera a decepción.

Las lágrimas emotivas, emocionantes y emocionadas se dejaron ver. Cuando en un instante inesperado, un cantaor se levantó de su localidad. Alzó la voz quebrada. Elevó sus brazos al cielo. Y encumbró un momento de inspiración.

La plaza calló. Morante esperó. Y escuchó.

La plaza bramó. Se rompieron las manos. Como se rompió después un torero. Como cogiendo el envite. Aceptando el guante del reto. Agradeciendo el detalle.

Porque el arte con arte se paga.

No fue una tarde redonda. Es cierto. Pero en unos segundos... sentí sintiendo. Y lloré llorando.