Mosqueteros del arte
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A través de los cristales de la ventanilla de la furgoneta, está mirando, pero no ve nada. Ve pasar lentas a las gentes que se dirigen a la plaza de toros. Una mujer hermosa espera en el semáforo. Es la misma que minutos antes, se encontraba en la puerta del hotel, con su cámara de fotos, esperando a poder retratar al matador. Mientras la observa, recuerda los días en los que, de muy jovencito, también esperaban por él. Era cuando estrenó su primer vestido de luces, grana y oro, aquel que le quedaba un poco estrecho y que había pasado mucho miedo antes, en el cuerpo de otro torero. Pero era su primer traje de luces. Y jamás podrá olvidar la sensación de ese momento en el que logró enfundárselo, no sin mucho esfuerzo, para torear en aquel pueblo cuyo nombre no se borrará jamás de su memoria. La sensación de salir a la calle, vestido de torero, es algo que podría intentar explicar. Pero no quiere. Es suyo, su recuerdo. Su esperanza, su percepción de aquel instante que había deseado desde siempre. Cuando, sin apenas levantar un palmo de suelo, cogía los trapos de cocina de su madre, y toreaba al toro imaginario de la ilusión. Cuando los chicos de su escuela lo animaban para que toreara delante de ellos. Y lo alentaban con gritos de “torero, torero”. Arranca de nuevo la furgoneta. Y mira a su compañero. Está tenso. Tarde de corrida. Tarde importante. Y sonríen los dos. En silencio. Alguien hace un comentario jocoso. Es la manera, quizá, de desviar los nervios. De alejar los miedos. De hacer una burla a la responsabilidad. Atrás quedaron sus sueños. Aunque no quedaron en el anverso de su vida. Simplemente cambiaron de rumbo. Fue cuando se dio cuenta que era mejor así. Que los aplausos que escucharía no irían destinados a su figura, salvo en algunas ocasiones. Que el riesgo sería casi el mismo, pero sin protagonismo. Que sus bordados no serían nunca más de oro, si no de plata. Y que sus puertas grandes, quedarían para hacerse paso entre la multitud o agarrar la mano de su matador mientras éste atraviesa la gloria mirando al cielo y dando gracias por el triunfo conseguido. El chófer pone la radio. La voz de un hombre anuncia el cartel: “¡Tarde de feria. Grandioso festejo taurino para los matadores de toros...!”... Introduce un CD. Se escucha la voz rasgada de Camarón. El matador se arranca por palmas. Palmas... Fue una decisión difícil. Quizá la más difícil de su vida. Pero quizá también la más acertada. Las ovaciones ya no eran las mismas. Porque torear no era para él ya ilusionante. Vestirse de luces significaba muchas cosas buenas, pero también... tantas malas. Fue entonces cuando intentaba mirar al futuro y lo único que veía era incertidumbre y dudas. ¡Que decisión tan difícil! Pero sí. Definitivamente, era lo mejor. Lo apropiado. Vuelve a mirar a través de los cristales de su ventanilla. Su compañero se coloca la mona. No dice nada. Pero lo dice todo. La noche antes habían estado cenando, con todos los demás, tranquilamente. Y hablaron de la tarde importante que estaban a punto de vivir. Primero jugaron al mus. Después al tute. Ahora los mira, callado, pensando que esos hombres con los que comparte la vida son como de la familia. Demasiadas horas juntos participando de alegrías, tristezas... y sintiendo miedo, que eso une mucho. Él sabe de qué pie cojea cada uno. Y ellos saben cuales son sus puntos débiles. Ha escuchado unos ronquidos que no le dejaron dormir. Ha caminado la arena de una playa con los pies descalzos hablando de lo divino y de lo humano. Se ha sentado a fumar un pitillo en el hall de un hotel consolando al compañero, pero también al amigo, que tenía un problema. Ha llorado de felicidad llamando a su mujer para decirle que todo había salido de bien. Y ha llorado de rabia cuando hubo de avisar a la madre del matador para comunicarle que había cornada. Y secretos. Secretos compartidos. Secretos que serán siempre secretos. Están llegando a la plaza de toros. La gente se apelotona a la entrada del patio de cuadrillas. ¡Ya estamos! Se bajan de la furgoneta y entran en el patio de cuadrillas. Caras conocidas. Caras desconocidas. Besos. Fotografías. Manos tendidas que aprietan fuerte. Palmadas en la hombrera. Y multitud. Mucha multitud que se huele. Se escucha. Se presiente y se siente. La soledad de la capilla le hace reflexionar de nuevo. Ante una imagen en la que no sabe si cree o no... pide suerte. Pide no tener miedo al miedo. Pide continuar con esta profesión que eligió desde pequeño. Solicita el triunfo para su matador. Y ruega volver a vestirse de luces mañana. Se acerca el momento. El momento en el que hay que ayudar al matador a liarse el capote de paseo. Miradas al cielo. Y escucha sus latidos. Sabe que, en las próximas dos horas, no sólo va a llevar un sueldo a casa. Si no que se va a jugar la vida. Y el prestigio profesional. De él también depende el triunfo del matador. De la cuadrilla. Del apoderado. De todos. Son los mosqueteros del arte. Los que hacen realidad la frase de “Uno para todos y todos para uno”. Suena la música. Se abren las puertas. Se presigna hasta tres veces. Pisa la arena del ruedo. Y comienza a andar. Hoy, una tarde más, se cumplirá el rito. Esta tarde volverá a formar parte de la profesión más honrada, más pura y más seria. Esta tarde... de nuevo, “uno para todos y todos para uno”.




Toni Nievas dijo
DESHIELO, mi primer largometraje en doce capitulos en youtube. http://www.youtube.com/user/toninievas
La historia de un padre, un hijo, y de sus conflictos.
Saludos y paz en el mundo.
2 Septiembre 2008 | 05:25 PM