...

Arrastro los pies como quien arrastra una deuda.

Y pesa.

Y me siento vacía. Y me siento cansada. Y el hastío se pasea por mis labios. Y se entretiene en mi pecho. Y juega con mis rodillas. Y me hace caer.

Castigo a mi alma por dejarse embarullar de palabras, de sentimientos que se apelotonan. De recuerdos borrables que él se empeña en traer a mi día a día. Y duelen. Y me chantajean.

Suena el teléfono y se quiebra un trocito de mis entrañas olvidadas. Y me maldigo por no sentir lo que él siente. Y me insulto por olvidar tan rápido. Tan deprisa. Y sin dolor ni remordimiento.

Es cuando me sonrojo en soledad. Y me hundo por dentro.

Después miro a mi alrededor.

Y no sé qué veo. Pero veo luz.

Una luz brillante, penetrante. Caprichosa. Ambigua. Incierta. Miedosa. Sensible y lejana.

Y no me pregunto más. Y no quiero saber más.

Sólo sigo caminando. Con mis tristezas a rastras. Mis negativas como anclas encajadas en el fondo de mi corazón sellado. Sellado con hormigón. El hormigón de la convicción.

Y sigo. Y sigo. Y sigo. Y no sé dónde me llevarán mis pasos. Pero de algo estoy segura. Si puedo caminar, aun a rastras, es porque siento. Y si siento.... es que todavía tengo derecho a ser feliz.