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La Coctelera

13

No me gusta la gente que me roba soledad y no me ofrece compañía

25 Septiembre 2009

"La llama", de Antonio Colinas

Hoy comienzo a escribir como quien llora.

No de rabia, o dolor, o pasión.

Comienzo a escribir como quien llora

de plenitud saciado,

como quien lleva un mar dentro del pecho,

como si el ojo contuviera toda

esa inmensa colmena que es el firmamento

en su breve pupila.

Me enciendo por pasadas plenitudes

y por estas presentes enmudezco.

Lloro por tener cerca una mujer,

por el agua de un monte

que suena entre cipreses en un lugar de Grecia;

lloro porque en los ojos de mi perro

hallo la humanidad, por la arrebatadora

música que quizá no merecemos,

por dormir tantas noches en sosiego profundo

bajo el icono y en su luz d oro,

y por la mansedumbre de la vela,

que sólo es eso, llama.

Comienzo a escribir y también la escritura

llora, porque respira y quema, porque pasa.

Qué gran gozo sentirme

yo mismo esa palabra que va ardiendo.

(Porque yo también ardo y también paso.)

Contemplo una llama muy quieta en la penumbra

de suaves jardines,

a la orilla de un mar calmo y antiguo,

y me voy encendiendo con la dicha

de saber que no existe otra verdad

que no sea esa llama, es decir,

la del amor que es don y que es condena.

Son llamas las palabras y son llamas los ojos,

que lloran sin llorar por el ser que yo fui

(aquel fuego cansado que temblaba

junto a otros jardines de otro mar)

y por el ser que ahora está mirando

fijamente una llama,

y que es, en soledad, la llama más gozosa.

Antonio Colinas

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